El consumo del chocolate se remonta tres milenios en el tiempo, pero este derivado del cacao no alcanzó fama mundial hasta el siglo dieciséis, cuando fue introducido por Cristóbal Colón en las cortes europeas. Su éxito no se produjo de la noche a la mañana. Estuvo marcado por una serie de avances e innovaciones técnicas que hicieron del «alimento de los dioses» uno de los productos más universales. Aunque hoy comprar surtido bombones sea un acto cotidiano, en la Francia de Luis XIV estaba reservado a la realeza.
El primer bombón de chocolate surgió de manos del pastelero del Rey Sol y consistía más en una fruta bañada en chocolate. Cuando el monarca galo lo degustó por primera vez, exclamó bon, bon («bueno, bueno», en francés), acuñando así su nombre. Décadas antes, el monasterio de Piedra (Zaragoza) se habían convertido en la cuna del chocolate a la taza.
Justo es reconocer, sin embargo, que las mayores evoluciones de este alimento no fueron obra de chefs y pasteleros, sino de industriales y químicos como Coenraad Johannes van Houten. A principios del siglo diecinueve, este empresario holandés desarrolló la prensa hidráulica del cacao, que supuso un punto de inflexión en la producción chocolatera.
Años después, un médico inglés se convertiría en el ‘padre’ de la tableta de chocolate. Este formato, resultado de mezclar azúcar, polvo de cacao y manteca de cacao, mejoró la conservación y almacenamiento del chocolate, aumentó su portabilidad y democratizó su acceso entre las clases bajas.
En cierto modo, la tableta de Joseph Fry allanó el terreno a nuevos descubrimientos relacionados. Quizá el mejor ejemplo sea el chocolate con leche. Daniel Peter, empresario suizo, hizo historia al combinar pasta y manteca de cacao con leche condensada y azúcar. El avance más reciente en esta industria es el chocolate ruby de la marca Barry Callebaut, así denominado por su inconfundible color rosa.