Joyas de oro blanco: todo lo que debes saber

De todas las aleaciones, el oro blanco es probablemente la más apreciada en joyería. Su resistencia, versatilidad y modernidad lo convierten en un material común en piezas de diversa factura, sin mencionar su facilidad para combinarse con piedras preciosas (por ejemplo, un anillo oro blanco y diamantes o un collar de zafiro blanco elaborado con este metal).

La adición de cualquier metal blanco al oro es insuficiente para obtener este preciado metal. El oro blanco se define como una «aleación de oro y algún otro metal blanco, como la plata, el níquel o el paladio», citando el DRAE. Estos tres metales permiten, en la proporción adecuada, obtener el Electrum que hoy llamamos oro blanco.

No obstante, el color blanco que caracteriza a esta aleación, es obra del rodio, uno de los metales preciosos que más se cotizan. Para mejorar su resistencia a la corrosión y otorgarle su blancura, el oro blanco de dieciocho quilates se baña en rodio. Con esta capa, el metal resultante no amarillea, si bien eleva la exigencia de su mantenimiento.

De hecho, conservar las joyas de oro blanco en óptimas condiciones requiere un mayor esfuerzo y dedicación que otros metales. Su limpieza debe hacerse con una solución jabonosa, prescindiendo que productos químicos que puedan dañar la superficie de la pieza. Es recomendable guardar los collares, anillos, etcétera, en estuches, organizadores y otros envases específicos para joyas.

Otra desventaja de la joyería de oro blanco es su precio elevado, superior a la plata debido a su cobertura de rodio. Su densidad también es mayor que otros metales, de forma que las piezas elaboradas con esta aleación presentan un mayor peso.

Más allá de sus propiedades físicas, el oro blanco es sinónimo de elegancia y de pureza. Su color blanco se asocia simbólicamente con la unidad y la fuerza del amor, lo que explica su popularidad entre los anillos de compromiso.