El regalo inesperado

Hace algún tiempo, recibí un sorprendente regalo: unas puertas de garaje. Puede que no suene muy emocionante, pero para mí fue un gran detalle. Sin embargo, pronto descubrí que no tenía más opción que venderlas.

 

Cuando abrí la caja y vi las hermosas puertas, me quedé sin palabras. Eran de madera de roble macizo, con acabados en hierro forjado y se veían increíbles. El problema era que yo no tenía garaje, por lo que no podía instalarlas.

 

Pensé en conservarlas como decoración o como una pieza de colección, pero pronto me di cuenta de que no tenía suficiente espacio en mi apartamento. Así que, después de mucho deliberar, decidí venderlas.

 

Fui a Internet y comencé a buscar opciones. Busqué en Google «venta de puertas de garaje en Vigo» y encontré algunos sitios web que ofrecían este servicio. Decidí poner un anuncio en uno de ellos, con la esperanza de encontrar a alguien interesado en comprar las puertas.

 

Al principio, no tuve mucho éxito. Recibí algunas ofertas ridículas y algunas personas me preguntaron si estaba vendiendo el garaje completo. Pero finalmente, recibí una oferta que parecía razonable. Un hombre llamado José estaba interesado en comprar las puertas para su casa de campo.

 

Quedamos en encontrarnos en un centro comercial cercano para hacer el intercambio. Cuando llegué allí, vi a un hombre bastante mayor con un monóculo y un sombrero de copa, que me saludó efusivamente. Parecía un personaje salido de una película antigua.

 

Nos saludamos y comenzamos a hablar sobre las puertas. Le pregunté si estaba seguro de que quería comprarlas, ya que eran bastante grandes y pesadas. Me dijo que sí, que había estado buscando unas puertas así durante mucho tiempo y que no las dejaría pasar.

 

Finalmente, acordamos el precio y procedimos a cargar las puertas en su camioneta. Fue un trabajo duro y sudamos bastante, pero finalmente pudimos colocarlas en el vehículo.

 

Después de despedirme de José, me sentí un poco triste. Había sido un regalo tan bonito y único, pero simplemente no tenía más opción que venderlo. Sin embargo, al menos sabía que las puertas habían encontrado un nuevo hogar y que serían apreciadas por alguien más.

 

Así que esa fue mi historia de las puertas de garaje. Aunque no pude quedarme con ellas, siempre recordaré ese regalo tan especial y la aventura de encontrar al comprador adecuado. Y quién sabe, tal vez algún día tenga la oportunidad de regalarle unas puertas a alguien más.